EL INFORMADOR
DIARIO DE UN ESPECTADOR
JUAN PALOMAR
14 de Julio 2013

Alfredo Sánchez entregó, hace unas pocas semanas, su más reciente producción: un disco que se llama Soñé que dormía. Hay algo de atractivamente intimista, de crudo y básico –a pesar de la fina instrumentación- en las quince composiciones que el autor propone. Hay veces en que una canción logra dar en el blanco y decir, de manera inédita, algo perdurable. Leonard Cohen es un maestro absoluto en este campo. Algo así pasa con la primera composición del disco: ¿Qué tal si cuando regrese todo se alumbra?/ Qué tal si sí/ Qué tal si no. La ineludible incertidumbre de la separación y el encuentro: de lo que está hecha la vida. El dejo de ironía de la expresión “qué tal” logra distanciar los versos de la obviedad y del lugar común del sentimentalismo. El requinto hace su tarea, esbozando, como en sordina, el inevitable desvarío que es el trasfondo de los amores y los desamores. La canción que da nombre al disco es también memorable. Un recuento de sueños de lo imposible, lo perdido y misteriosamente presente. Hay en él un momento en que Alfredo entona con una imperceptible y potente añoranza “soñé que mi padre me llamaba: ¡Flaco!”, y se sabe que hay –para decirlo con Dylan- blood on the tracks. Esta sobria lamentación por el padre, por lo que ya no es y pudo ser, por los caminos de lo inaudito, es suficiente para anclar en quien la oye un aguijón de reconocimiento, de certeza. Total, el disco –con algunos pasajes disparejos- sigue girando, agradeciblemente, en el aporreado tocadiscos de este espectador.

 

 

Soñé que dormía, los años de hacer canciones
Juan Vázquez Gama

En la música como en los deportes, los números no juegan. Y digo números por decir, las estadísticas, la trayectoria, los premios, los laureles. En cada partido y en cada estrofa hay que hacerse, rehacerse, renovarse, ponerle puntos al marcador. Sin embargo, como en toda generalización hay grietas, y claro que aunque no juegue, la historia pesa, y estar una y otra vez en la contienda le da otro gusto a las nuevas creaciones.

Esa fue mi primera impresión cuando escuché completo el álbum Soñé que dormía (2013) de Alfredo Sánchez. Supe que ahí no aplicaban los procesos convencionales de la escucha de un disco, sino que habría que considerar que en él -en su creación, arreglo y producción- se incluía un amplísimo stock de textos y subtextos cuyos orígenes podemos rastrear revisando los créditos del disco.

Sin abandonar el tema del contenido, hay que decir que el booklet, el arte y el empaque, son ventajas que tienen los formatos físicos, proveen la posibilidad de acceder a otra fuente de información alterna y complementaria. Soñé que dormía nos sirve de muestra: la aportación gráfica de Claudia Perenzález, cuya obra conforma la portada e interiores; y la descripción de cómo se instrumenta y quiénes colaboran en las canciones, dan al contenido del disco otro matiz.

Hablábamos entonces de los textos y subtextos, y cómo no, si además de la figura del propio Sánchez (de quien ya hablaremos), los corresponsables del sonido del disco son Omar Ramírez, como productor, y Carlos Avilez en la mezcla y la grabación. Omar Ramírez pertenece a la generación de músicos que se formaron directamente en la escena del blues, tocando con Genaro Palacios, con la Fachada de piedra, y en fechas más recientes (después de varios años de vivir en Argentina, donde formó parte de las bandas de Kevin Johansen y Daniel Drexler, por referir algunos) es el líder de Kingsmith, cuarteto ecléctico que transita por los terrenos del blues, el rock y el funk; es un gran conocedor de la obra de los Beatles y de Charly García; y además ejecuta de manera magistral el órgano hammond, instrumento sin cuya sonoridad no sería posible entender una época, ni la natural evolución del jazz, del blues, del funk y de la música disco. Y qué decir de Carlos Avilez, quien además de ser productor, compositor y cantante, es el bajista de Cuca, banda histórica y de culto en la escena del rock nacional; eso, sin dejar de lado su proyecto solista titulado Avilez y Extraños, de quien él mismo define su música como Blues Mexican Style, o Rock and Roll arrabalero.
Alfredo Sánchez por su parte es un referente fundamental en varios momentos históricos del occidente del país. Para comenzar con alfombra roja diré que formó parte de la alineación histórica de El personal, banda caracterizada por el peculiar sentido del humor de sus letras, y por sus sonoridades provenientes del reggae. También fue músico, compositor, arreglista, director musical y productor, en una de las alineaciones que más me ha gustado del proyecto de Jaramar Soto. Ahí lo vi por primera vez en un escenario, hace poco más de quince años, cuando presentaban el disco A flor de tierra, una recopilación de canciones de la tradición popular latinoamericana, pero con arreglos muy en su estilo, es decir, con programaciones, secuencias, percusiones e instrumentación entonces exóticas (que luego se popularizaron) provenientes de diversas partes del mundo, y en general con guiños a la música antigua, medieval y renacentista. A últimas fechas colaboró con José Fors en la composición y dirección musical de la ópera Rock Frankenstein, y en su proyecto solista Forseps. Soñé que dormía es su segundo disco solista (después de que en 2005 lanzara Primeros pasos), y son básicamente, canciones. Unas son nuevas, unas que hace muchos años lo fueron.  
Con estos tres músicos detrás del sonido del disco, se leen de manera distinta piezas como “El enemigo” que nos remite a Charly; o el legítimo tono de arrabal que logran en “Pase lo que pase”; las pinceladas griegas de “Bajo perfil”; el espíritu reguesero en “Si nos volvemos a encontrar”; y el sentido del humor de “Todos somos hartistas”. Eso sin contar que claro hay Beatles, y Stones, y otras referencias, seguramente en la escucha, cada quien podrá encontrar.

Por último, ¿Qué decir de los colaboradores? La mención debe ser breve por inasible, sus semblanzas llenarían un libro de historia del rock, del jazz y del blues de diversas generaciones en las últimas tres o cuatro décadas. Colabora: la alineación completa de Kingsmith (Juan Manuel Ayala, Erik Kasten, Omar Ramírez y Trino González); Mauricio Estrada (Pneumus); Daniel Kitroser; Abigail Vázquez; Frankie Mares (Troker); Lalo Melgar; Nacho “El implacable” González (Cuca); Arturo Ybarra (Forseps, Rostros Ocultos); Alex Otaola (San Pascualito Rey, entre muchos otros proyectos); José Fors (Cuca, Forseps); Amillo Castro; Tom Kesler; Luciano Sánchez; Fer Arias (Radaid); Helena San; Ugo Rodríguez (Azul Violeta); Sara Valenzuela; y Daniel Zlotnik. Es una lista larga que se completa con el colofón que provee el texto del poeta Luis Vicente de Aguinaga como letra para la canción “No love”.

Gustos aparte, Soñé que dormía esun disco al que hay que prestarle oídos, y con esa nómina de colaboradores, seguramente alguno es o ha sido parte de la banda sonora de nuestras vidas. Qué bien que aunque la historia no grabe discos, los que la han escrito sí lo sigan haciendo.

 

 

NEXOS
ACORDES Y DESACORDES
DAVID CORTÉS
28 de Mayo 2013

Hay discos que te prenden de la solapa y te arrinconan; de la mano de ellos aprenderás de la violencia y sus intersticios; otros, glamorosos, cargados de lentejuelas y lamé te deslumbran, pero cuando ha pasado el encandilamiento te abandonan. En realidad, hay muchas clases de discos; pero los mejores, creo, son esos que te llaman suavemente, te invitan. Se presentan de improviso, envían el anzuelo y uno pica en él; pero en lugar de recoger el sedal abruptamente, dejan que te revuelvas y se aprovechan de tu resistencia para convencerte poco a poco. Esas placas te acompañan toda la vida.

  Soné que dormía (Universidad de Guadalajara, 2013) es uno de esos álbumes y su autor se llama Alfredo Sánchez, músico veterano de impresionante palmarés cuyos caminos lo han llevado por grupos como Escalón, Ars Antiqua, El Personal, Forseps y a tocar en los grupos de Jaramar y Gerardo Enciso.
Sánchez, de especialidad guitarrista y tecladista, declara poseer muchas influencias, desde el rock de la década de los sesenta y los sesenta, hasta el progresivo, sin olvidar a cantantes como Cat Stevens, Leonard Cohen, Paul Simon o George Harrison, así como el folclor de diferentes países. Lo que no declara, pero es evidente, es la cantidad de amigos que a lo largo de su vida se ha granjeado. Varios de ellos lo acompañan y dan lustre a su segunda  producción (en 2005 editó Primeros pasos), entre ellos José Fors, Frankie Mares, Alex Otaola, Omar Ramírez (también encargado de la producción), Trino González, Helena San, Ugo Rodríguez.“Qué tal si sí” abre el disco, una bellísima canción en la que su autor plantea esa incertidumbre que en ocasiones amenaza con derrumbar a los seres humanos. La duda es encarada por Alfredo Sánchez con distanciamiento y su voz, aparentemente neutra, retrata ese vaivén que va del optimismo a la desesperación. “Qué tal si cuando regrese todo cambió… qué tal si sí / qué tal si no”. Este detalle, esa pregunta que a muchos les resultará insustancial, aquí es bosquejada como una decisión épica, insoslayable y que encuentra en los coros finales ese refrendo de dramatismo. Es un corte que, en espíritu, se asemeja a algunas canciones de Leonard Cohen.

  Soné que dormía está marcado por la sutileza, por diferentes colores. En “Bajo perfil”, el acordeón subraya una voz lánguida y muy cálida, al tiempo que imprime aires mediterráneos; los impulsos jazzísticos se hacen presentes en “El enemigo”, “Tendría caso” y “Soñé” (una tercia marcada por una fina conjunción de elementos y pausadas cadencias), mientras “Si nos volvemos a encontrar”se acerca tangencialmente al reggae y en “Zen” la tabla imprime sonoridades asiáticas.

Si bien el álbum se caracteriza por su uniformidad en cuanto a calidad, otro punto climático es “Pase lo que pase”, una composición que se acerca a la canción vernácula y que tiene sus mejores momentos en la entrada de José Fors en la segunda parte del tema, un solo de guitarra dolorido, resquebrajado (a cargo de Lalo Melgar) y la trompeta (Rodrigo Castro) que realza esa atmósfera de pérdida. Al final, como colofón, tenemos a Alfredo Sánchez en el piano y a Helena San en la voz para interpretar “No Love”, emotiva canción que remacha un trabajo que derrama intimidad.

No, Alfredo Sánchez no posee una voz que rinda de inmediato; pero su canto suena con convicción, se entrega sin restricciones y, apoyado por sus amigos, ha hecho un disco muy cálido, una obra que hay que ir desmenuzando, dejándola entrar poco a poco por los poros de la piel y que, al final, se adueñará de nosotros para convertirse en compañera fiel de por vida.