Actividad Periodística

LECTOR DESORDENADO
Por Alfredo Sánchez Gutiérrez

No vengo precisamente de una familia de lectores aunque a mi madre le gustaba leer novelas.  Eso sí, se leía el periódico todos los días y de hecho yo comencé a frecuentar la sección de deportes desde niño: revisaba los resultados del futbol, tomaba nota de las alineaciones de cada equipo -y hasta me las aprendía de memoria-, miraba atento la tabla de posiciones del torneo y seguía con cuidado los avances y retrocesos de los Pumas de la UNAM, mi equipo de siempre.  Era el Excelsior, periódico voluminoso y con muchas secciones que yo aprendí a evadir salvo la única de mi interés: la deportiva.  Dudo que todo eso por sí solo me califique como “lector”.


En la casa había libros, pocos, pero su lectura no era lo que marcaba a la familia.  Algunas colecciones de empresas como Salvat en la que aparecían ciertas novelas interesantes y autores destacados (algún Dostoievsky o Allan Poe, por ejemplo), pero fue hasta la secundaria cuando los libros me hicieron ojitos realmente por primera vez y sospecho que por influencia de cierta cultura hippie que me atrapó en aquellos años.  Leer libros se convertía en una especie de actividad prestigiosa además de formativa, uno se sentía contestatario al leer, había un cierto sesgo de rebeldía en ejercer ese acto.  Claro que antes que libros yo leía revistas, sobre todo aquellas relacionadas con música -muy malitas, por lo regular, las que se podían encontrar en los puestos de periódicos de la Ciudad de México o Guadalajara- y hasta alguna de lucha libre, fenómeno al que me acerqué con una extraña clase de fanatismo: nunca fui en aquellos años a la arena a ver luchar y, sin embargo, conocía a la perfección a los héroes del ring: Alfonso Dantés, el Médico Asesino, el Ángel Blanco, Dr. Wagner,  Mil Máscaras, Black Shadow, el copetes Guajardo. Supongo que mi acercamiento con ese raro deporte se debió a la influencia paterna: mi papá me contaba que “antes las luchas se transmitían por televisión hasta que el gobierno las prohibió por considerarlas nocivas para los niños”.  Esa prohibición mi padre la consideraba absurda aunque nunca lo dijo abiertamente.  Lo que sí expresaba con emoción era su antiguo gusto por ver en la pantalla chica al Santo o al Rayo de Jalisco disputar sus máscaras contra la cabellera de algún otro luchador.

No recuerdo cuál fue mi primer libro pero puedo barajar algunas opciones: ¿Siddartha de Herman Hesse con su carga filosófico-orientalista tan a tono con aquellos tiempos?¿Un Mundo Feliz de Aldous Huxley donde se presentaba una visión futurista de una tierra utópica, feliz y terrible al mismo tiempo? ¿La Ciudad y Los Perros de Vargas Llosa, novela de iniciación si las hay?  En cualquier caso esas tres las recuerdo por el impacto que me causaron y porque me abrieron los ojos a un mundo de personajes y de historias que transcurrían en sitios lejanos a mi cotidianidad: India, el futuro probable, Perú y sus juventudes enclaustradas.


Por supuesto que como buen adolescente jipioso y rocanrrolero también me acerqué a la llamada “literatura de la onda”, en especial a los libros de José Agustín.  De él leí primero su pretencioso La Nueva Música Clásica, que no era novela sino más bien una especie de ensayo relajado, donde trataba de convencer al mundo adulto de que el rock era tan válido como cualquier otra música (y donde disparaba elogios desmedidos a su novia de entonces, Angélica María); pero también recuerdo sus novelas De Perfil o Se está Haciendo Tarde, donde los protagonistas eran jóvenes clasemedieros con quienes uno podía identificarse con relativa facilidad.  También creo haberme aventurado con Pasto Verde de Parménides García Saldaña, pero confieso que del malogrado autor recuerdo más sus artículos sobre música en revistas como Pop


Todos esos libros me impactaron porque representaban mis aspiraciones rebeldes: ahí estaba resumido el mundo que los jóvenes como yo queríamos y que no se parecía nada al de nuestros padres, el del stablishment.   De todas formas  esas y otras lecturas estaban en un escalón más abajo del gusto por el rock que ocupaba el nivel superior en mis prioridades.  Cuando había tiempo libre, cosa frecuente, escuchar discos en aquella tornamesa portátil era la actividad predilecta en mi recámara...eso sí, leyendo al mismo tiempo la letra de las canciones o los créditos de producción del propio disco...pero no, eso tampoco me califica como lector.

Luego llegaron, por recomendación de amigos, de algún maestro o por referencias leídas por ahí, muchos otros autores en una especie de avalancha desordenada: el boom latinoamericano, por ejemplo, con García Márquez y su Cien Años de Soledad, que reconozco como uno de los primeros impactos literarios en mi vida cuando la leí por vez primera y tuve que hacer una lista de personajes para que no se me confundiera quién era quién. El realismo mágico hoy tan menospreciado, provocaba sobresaltos en mi espíritu juvenil con aquellos personajes inverosímiles: Amaranta, Remedios, Úrsula o los Buendía.  O el mismísimo Carlos Fuentes y La Región Más Transparente o Las Buenas Conciencias que nos acercaban a la realidad del país, tan contradictoria ella. O Julio Cortázar con sus extraños relatos -¿eran en verdad relatos?- contenidos en Historias de Cronopios y de Famas o los textos híbridos de Último Round o de La Vuelta al Día en Ochenta Mundos que me hacían descubrir que la literatura podría ser muchas cosas al mismo tiempo.  Cortázar fue especial en todo caso: Rayuela, con sus extrañas instrucciones de lectura y sus descripciones de un mundo parisino y musical extravagante, me deslumbró como a muchísimos otros jóvenes y fue la puerta de entrada a novelas más ambiciosas y a otros libros fascinantes del mismo argentino.

Ya se sabe que para acercarse a la lectura ayuda mucho el tener los libros cerca...o a quienes nos los pueden arrimar: amigos, familiares, maestros.  En ese sentido debo decir que ya desde la Prepa ciertos compañeros y algún maestro excepcional fueron influencias notables.  Tenía compañeros que leían y, aunque no gozaban precisamente de popularidad por esa afición -se les tachaba con frecuencia de “cerebritos”-,  un cierto contagio se producía. A veces hasta llegábamos a discutir en el patio de la escuela,  durante los recesos preparatorianos, sobre algún libro o autor. 


Ya en la Universidad debo reconocer al padre Xavier Gómez Robledo, sacerdote jesuita y experto en literatura quien propició mi acercamiento -y el de algunos otros compañeros- a un par de escritores importantes: Juan Rulfo y Agustín Yáñez.  De ambos nos pidió un análisis detallado de dos novelas fundamentales en la narrativa nacional: Pedro Páramo, del primero y Al Filo del Agua, del segundo.  Gracias a ello intuí con mayor claridad algunas cuestiones técnicas empleadas por los escritores: manejo de personajes, estructuras narrativas, atmósferas, etc.   Ambas novelas, aunque muy diferentes entre sí, compartían un territorio campirano, una visión sobre el paisaje jalisciense, sus costumbres y personajes; eran un acercamiento a una realidad pobre y deprimida que a mi, como universitario supuestamente comprometido con las causas de la izquierda, me conmovió.

No sabría decir si algún libro o autor hayan cambiado mi vida.  Sí creo, en cambio, que la lectura como experiencia lo ha hecho y, en todo caso, ha sido un conjunto de obras y escritores lo que ha ido dando un rumbo diferente a mi vida, de manera paulatina, casi sin que me dé cuenta.  Hacer una lista sería, por fuerza, una actividad inútil, incompleta pero, aunque seguramente me voy a arrepentir después de no haber puesto tal o cual obra o tal o cual autor, me animo a mencionar algunos que en diferentes momentos de mi vida me han proporcionado enseñanzas, me han abierto otros mundos o, simplemente, me han dado placer...o a veces dolor o provocado sorpresa.  ¿Por dónde empezar? ¿Por aquellas devastadoras novelas de José Revueltas -Los Muros de Agua, una de ellas- que hablaban de México pero más aún de la condición humana, ajena a cualquier geografía? ¿Por las deliciosas crónicas de Juan Villoro -Tiempo Transcurrido me parece que fue el título que las reunió-donde retrata momentos y personajes ligados a la ciudad, a la historia reciente y a la música y que tanto me hicieron reír hace años? ¿Por los libros de Paul Auster a quien leí con avidez, en especial Leviatán, El País de las Últimas Cosas o La música del Azar, entre otros? ¿Por los relatos brevísimos e ingeniosos de Monterroso o de Arreola? ¿Por las maravillosas, agudas y cáusticas novelas de Jorge Ibargüengoitia quien, en clave de humor, nos presenta un retrato exacto de nosotros y nuestra historia, y que se complementan perfectamente con sus extraordinarios artículos periodísticos? ¿Por las impresionantes novelas de Phillip Roth que en los años recientes me han atrapado?

Debo decir que por mi trabajo como periodista he entrevistado a muchos escritores, sobre todo mexicanos,  durante los últimos años y ello me ha dado también la oportunidad de leer libros que quizás de otro modo no habría leído.  Y si bien en algunos casos se ha tratado de un ejercicio medio rutinario, en otros me ha hecho descubrir voces y obras interesantes, a veces hasta deslumbrantes, tanto en el terreno de la narrativa como de la poesía.   Puedo mencionar a algunos cuyas palabras habladas han conectado con mi interés por su literatura, como Gonzalo Celorio, Enrique Serna, Álvaro Uribe, Fabio Morábito, Antonio Ortuño, Jorge Esquinca, Luis Vicente de Aguinaga, Marcal Aquino.  Todos ellos y muchísimos otros de los que me arrepentiré por no haber puesto su nombre, han contribuido a hacer de la lectura una actividad gozosa, lúdica y aleccionadora.  A veces la elocuencia de los propios escritores me ha hecho acercarme con más interés a su obra; en otros casos cierto tedio transmitido por los autores me ha desanimado de buscarlos más. Ni modo: una cosa son los autores y otra a veces muy distinta, sus textos.

Pero debo confesar que nunca he sido un lector disciplinado sino más bien disperso.  Leo siempre pero en desorden: novelas, fragmentos de poemarios, libros de crónicas, artículos periodísticos.  He tenido temporadas de  acercarme mucho a un autor que me ha interesado de manera especial -el caso del ya mencionado Auster-, pero en general actúo más por instinto y con frecuencia de modo un tanto caótico.  Leo lo que me va llamando la atención o lo que recomiendan personas a quienes aprecio o respeto como lectores -mi esposa Teresa, una de ellas-.  Mi mesita de noche actual es un ejemplo fehaciente de mi esquizofrenia y caos lector: Un libro de ensayos sobre temas históricos de Santiago Auserón -El Ritmo Perdido-, quien indaga sobre los orígenes negros en la música española; la novela más reciente del mexicano Álvaro Enrigue -la formidable Muerte Súbita- donde pone a jugar al tenis a dos tremendos artistas como lo fueron Caravaggio y Quevedo;  los interesantísimos ensayos sobre la música y el cerebro de Oliver Sacks -Musicofilia- que abren horizontes sobre la mente humana y al mismo tiempo nos muestran lo poco que sabemos aún de ella; un librito de crónicas de viaje de Eugenio Partida -Viaje-, donde relata sus periplos en Cuba, Tijuana y otros sitios del mundo; otra novela, ésta del italiano Alessandro Baricco -Mr. Gwyn-, acerca de un escritor que decide dejar de escribir; la detallada y muy disfrutable autobiográfía del músico inglés Pete Townshend.   Muchos libros, muchas lecturas que avanzan a veces con parsimonia.  Y aunque esos son los que intermitentemente abordo por las noches, antes de dormir, no son los únicos libros a los que me arrimo.  Desordenado como soy, dejo libros en otros sitios: en mi oficina hay unos cuantos, en la mesa de la sala también y así por el estilo.  Algunos incluso permanecen a medio leer por mucho tiempo, hasta que me los vuelvo a encontrar o hay algún detonador que me lleva de nuevo a ellos.
Y claro, también están los que se consultan cotidianamente por necesidad laboral, para contextualizar un hecho, para complementar una idea, para hallar un dato preciso.  Ellos también cuentan, supongo, y complementan la experiencia de leer, una experiencia donde, como se ve, coinciden el placer, las ganas de saber, el morbo por adentrarse en historias ajenas, la curiosidad y hasta la obligación.

En mi casa actual hay muchos libros y libreros.  Una labor inútil ha sido durante mucho tiempo tratar de organizarlos: por autor, por geografía, por temas, por género, qué sé yo.  Al final terminan teniendo un orden muy precario y medio caótico que me obliga a invertir demasiado tiempo en encontrar algún ejemplar que necesito.  A la pregunta de “¿qué lugar ocupa el libro en mi vida?” podría responder con otra pregunta: “¿qué lugar ocupan los libros en mi casa?” y la respuesta, claro, es que ocupan mucho espacio.   Siempre que hay necesidad de mudarse, uno se pregunta por qué tiene tantos. A veces hay la tentación de deshacerse de algunos -en ocasiones lo he hecho-, pero esa es una tarea difícil.  ¿Por qué conserva uno libros, para qué necesita uno una biblioteca, por qué el objeto mismo “libro” es tan seductor a pesar de los tiempos digitales que corren?  No tengo en realidad respuestas, pero sé que el libro, los libros, ocupan un espacio clave en mi vida: me acompañan, me hablan, me sugieren, me abruman, me informan, me resuelven, me interpelan, me retan, me cierran el ojo, me conmueven, me confunden, me atosigan, me atrapan, me esperan. 
Por eso, y aunque pudiera llegar el día en que problemas de espacio u otros, me obliguen a deshacerme  de algunos...o de muchos, los libros seguirán ahí, conmigo. Hasta que me decida a leerlos o releerlos.