Actividad Periodística

Pelos y Señales 121
14 de noviembre de 2016
MÁS POR MÁS
Por  Alfredo Sánchez
LEONARD COHEN


Uno creía que no podría haber peor noticia que el triunfo electoral del más impresentable, pero la realidad nos muestra como somos: ingenuos, inocentes. Aunque hubiera señales previas más que preocupantes -la aprobación del Brexit en Inglaterra, la negativa a la paz en Colombia, los casos de Brasil y Argentina-, pensábamos, desde nuestra prepotente racionalidad, que era imposible la victoria de un tipo despreciable como él, y cuando sucedió, estábamos seguros de que habíamos tocado fondo. No podía haber algo peor al menos este año. Pero sí, al mismísimo día siguiente de la fatídica elección sucede: se muere uno de los más maravillosos compositores, Leonard Cohen a quien, más ingenuos aún, creíamos inmortal. No nos importó que él mismo ya lo hubiera anticipado de varias maneras: en su último disco You Want it Darker ("I´m ready, my Lord"), en la entrevista que recién concedió al New Yorker (“estoy preparado para morir”), en la carta que le envió a Marianne, su antigua novia y musa recientemente fallecida ("ha llegado el momento en el que somos tan viejos y nuestros cuerpos se están desmoronando, que creo que te seguiré muy pronto").

Leonard Cohen, aquel que se refugió en un monasterio budista mientras su represente Kelley Lynch le hacía un descomunal desfalco de  varios millones (razón por la que tuvo que volver a los escenarios a sus 70 años), el creador de montones de canciones memorables que han sido versionadas una y otra vez, el cantante serio, de voz profunda y versos oscuros pero certeros, muchos de los cuales parecen escritos para este justo momento.

Los recuerdos se agolpan.  Recuerdo, por ejemplo,  que conocí a Leonard Cohen con su canción Suzanne, publicada en su primer disco de 1967 cuando su voz no era tan grave y profunda como lo fue después.  Recuerdo que tiene 14 discos de estudio en su haber, que no son tantos para una dilatada carrera de casi 50 años.  Recuerdo el deslumbramiento que me causó su “I´m your man”, de 1988, ya con la voz de gente muy grande y con canciones enormes y desoladoras.  Recuerdo el dvd de su concierto Live in London donde, septuagenario ya, lo vemos subir corriendo una escalinata para llegar al escenario y meterse al público en la bolsa cuando dice: “…la última vez que estuve aquí yo era un muchacho de 60 años con un sueño en la cabeza…”. Recuerdo su discurso al recibir el Príncipe de Asturias: “La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista. Así que me siento como un charlatán al aceptar un premio por una actividad que yo no controlo. Es decir, si supiera de dónde vienen las buenas canciones, me iría allí más a menudo.”

Cohen,  el músico, el poeta, el novelista, el portador de letras devastadoras, pesimistas y oscuras que  sin embargo suenan a través de una música más bien serena, podríamos decir que hasta ligera, con coros femeninos un tanto angelicales.  Un hombre de aquella enorme afabilidad en escena que contrastaba con sus textos, frecuentemente cargados de humor negro,  sobre la muerte, el suicidio y algunos de los rasgos más negros del amor, el sexo, la religión, la vida contemporánea.

Alguien me dijo, acaso exagerando,  que seguramente Cohen se fue, como en una especie de acto poético, para no ver en vida el desastre que se avecinaba en el mundo. No lo sé, pero estoy seguro de que su voz y sus palabras harán mucha falta para compensar lo que venga.