Actividad Periodística

EL CORAZÓN DE MARCOS

Tengo en la cabeza la imagen de Emiliano Salvador sentado frente al equipo de sonido, abstraído de la reunión que tenía lugar a su alrededor, escuchando sin pestañear a Keith Jarret cuya música salía de un disco de acetato.  Aún no se inventaba el compact disc.  Él era en los ochenta el pianista habitual de Pablo Milanés y se encontraba en la sala del pintor Marcos Huerta después de un concierto que ofrecieron “Silvio y Pablo”, como les dicen a estos cantantes con cierto aire pedante quienes quieren evidenciar la supuesta cercanía con ellos, en el Teatro Degollado.  Era un músico de enorme talento demostrado en los discos que grabó con Milanés y también en algunos propios, de los cuales uno, Nueva Visión,  nos llegó a México bajo el sello de Nueva Cultura Latinoamericana, la compañía que difundió por acá el trabajo de otros artistas cubanos en aquella década.  Y Emiliano casi no pestañeaba aquella noche tratando de descifrar las improvisaciones de Jarret, de quien se decía admirador. Debía tener poco más de treinta años entonces y apenas llegó a rebasar los cuarenta cuando murió prematuramente, no sin antes contribuir a sentar las bases de una destacada escuela pianística que mezclaba el jazz y el son cubano con brillantez.  De su disco aquel recuerdo, por ejemplo,  un bolero cantado por Milanés y que se llamaba Convergencias.

Abstraído también, pero de modo diferente, se encontraba el mismísimo “Pablo” en la misma reunión. Yo me había colado ahí no sé ni cómo y miraba desde algún lugar al destacado compositor, quien se había refugiado, con aire enfadado, en un sillón contiguo a la sala principal de la casa y no departió con nadie durante la noche. Me parece recordar que con él estaban su bajista y director musical Eduardo Ramos y el baterista Frank Bejerano.  Ignoro si estaba cansado luego del concierto, si no le gustó la concurrencia o si, simplemente, así es su estilo habitual.  En cambio Silvio Rodríguez se integró sin problemas a la reunión y recuerdo que hasta cantó un par de canciones que ninguno de los presentes había escuchado,  aunque antes de ello estuvo un rato interesado en un libro de pintura que Marcos le acercó: ahí fue donde Rodríguez, amante de la pintura según se sabe,  oyó hablar por primera vez de Francisco Toledo y lo impactó tanto la obra del artista oaxaqueño que Marcos, con un gesto de generosidad, le obsequió el libro.

Sé que eran frecuentes las reuniones en la casa de Marcos y de su inseparable esposa Chela Huerta con músicos extranjeros que visitaban la ciudad.  Primero en su casa de Chapalita –donde se celebró la reunión que reseñé antes- y luego en La Estancia, donde incluso la pareja habilitó una sección como “peña” para recibir las noches de guitarreo y canciones que solían terminar hasta entrada la madrugada. Largas sesiones de música y charla regadas por abundante ron y con la compañía de visitantes frecuentes como el cantor uruguayo Alfredo Zitarrosa, la peruana Tania Libertad, el mexicano Julio Solórzano, el argentino Carlos Díaz Caíto, los cubanos citados antes, el tapatío Enrique Ortiz, el español Luis Eduardo Aute y muchos otros.

Marcos Huerta, pintor y dibujante, había llegado  a Guadalajara a principios de los ochenta y pronto se dio a conocer como uno de los mejores artistas de la ciudad, aunque buena parte de su obra la exponía y vendía en Monterrey.   Lo conocí por entonces en el programa de radio que yo conducía en la XEJB, se hizo amigo de varios de quienes trabajábamos ahí y luego coincidimos en algunas reuniones donde se cocinaba la revista Varia.  Sus dibujos se volvieron visitantes frecuentes de las galerías que entonces existían en Guadalajara y poco a poco se fue integrando al medio plástico de la ciudad. Dibujante virtuoso, obsesionado por la línea y relativamente parco en el uso del color, Marcos tenía temas recurrentes: el hombre y sus máscaras; el hombre y los animales, complementos o partes de él mismo.  Alguna vez le escuché decir: “yo trato siempre de pintar mi mejor cuadro…pero a lo mejor ya lo pinté y ni cuenta me dí.  No importa, voy a seguir buscándolo”.

Como ya dije, primero vivió en Chapalita y luego se cambió a La Estancia a una casa que pareció ser elegida por la calle de su ubicación: Rembrandt, artista a quien Marcos le tenía especial veneración.  
Años después Marcos Huerta sufrió una afección cardiaca, por lo que tuvo que someterse a un exitoso trasplante de corazón que lo mantuvo activo, viajando con frecuencia entre Guadalajara y Monterrey donde realizaba varios proyectos plásticos, y disfrutando por años de las larguísimas veladas musicales en su casa.  Era el corazón de un joven donador veinteañero que pareció infundir nueva vida al pintor. 
Tiempo después conocí de cerca de su hijo Emiliano, un talentoso e inquieto percusionista con quien llegué a trabajar, y que a finales de los noventa se mudó a Valencia, España.  Hasta allá le llegó, en el año 2003, la triste noticia de que el joven corazón de Marcos se había cansado demasiado pronto y finalmente dejó de latir para siempre.

Se fue y seguramente andará organizando en alguna parte un convivio con quienes fueron sus amigos y que ya también partieron: Vicente Garrido, Alfredo Zitarrosa, Caíto, Eulalio González el Piporro, Emiliano Salvador.