Actividad Periodística

GERARDO ENCISO A CONTRACORRIENTE

Han pasado muchos años desde que Gerardo apareció con su cara de niño asustado tocando covers en pequeños cafecitos de Guadalajara.  Nació en Puebla pero llegó muy chico a Guadalajara y pronto descubrió que con guitarra y voz se sentía a gusto (No sé hacer otra cosa que cantar… escribiría algunos años después en una de sus canciones)  Con los años acaso dejó de ser aquel chavo ingenuo, pero siguió aferrado a su guitarra componiendo canciones muy personales  donde aparecen por igual el amor, la ciudad, la indignación, la observación intimista, siempre con un oído en el rock,  otro en los cantautores  de la época y los dos en cuanta música circula por el aire.   Gerardo Enciso ha seguido fiel a su estilo, reacio a las modas del momento, quizás por ello ni la fama ni el éxito comercial le han cerrado el ojo. 

Yo lo recuerdo en la primera parte de los ochenta en un estudio de grabación en el que convocó a una tropa de amigos músicos  de signos muy diversos para grabar una canción que hablaba de Eros y del Amor: Carlos Esegé, Eduardo Flores, Fernando Quintana, Jaramar Soto y varios más. Quizás influido entonces por el rock progresivo, escribía canciones larguísimas y complicadas, llenas de secciones distintas.  Lo conocí cuando se me acercó para que conociera aquellas canciones y le diera una opinión.  Yo tenía unos años más que él y él creyó que eran suficientes como para confiar en un punto de vista “más informado”.   Aunque solía tocar en solitario, acompañado nada más de su guitarra, siempre estaba ansioso de poder dar más potencia a sus actuaciones mediante un grupo que lo acompañara.  Durante su vida ese ha sido una de las mayores dificultades: reunir y mantener unida a una banda estable.

Su evolución como compositor consolidó su estilo y crecieron sus seguidores,  los que coreaban sus canciones emblemáticas:
Corredor Callejero, nostálgica canción en la que tan sólo pedía “…un lugar donde pasarla bien…”;  Parada Suprimida, tema de ciertas implicaciones políticas donde denunciaba la intolerancia respecto de los jóvenes: “No puedo darme un toque ni leer a Marx… parada suprimida es este país…”; o Amo a mi País con aquel célebre y amargo estribillo. “Amo a mi país, pero él no me ama a mi…”
Todos ellos temas interesantes  por su melodía, su riqueza armónica y, por supuesto, su contenido lírico. 
Cuando Gerardo quiso grabar su primer disco se topó con las obvias dificultades de la era pre-digital:  había que pagar un estudio caro y luego ver de dónde salía el dinero para la maquila.  Se le ocurrió hacer una colecta entre amigos artistas  de la plástica, se hizo una subasta, se obtuvo algo de dinero y finalmente salió el disco cuyo título  enunciaba el estatus  de su propia carrera:  A Contracorriente.
Aunque las dificultades para mantener un grupo fijo lo han perseguido durante toda su vida, se las ingenió para armar uno tan memorable como su nombre:  El Poder Ejecutivo, integrado por Carlos Esegé (hoy un respetado compositor  de música de concierto que radica en Estados Unidos y que regresó a sus apellidos originales, Sánchez Gutiérrez) en teclados;  Pedro Fernández  (más tarde integrante hasta su muerte del mítico grupo El Personal)  en batería ;  y César Maliandi (argentino que ha tocado con medio mundo) en el bajo.

Luego llegó Culebra, el ambicioso sello discográfico que le apostó al rock mexicano alternativo y editó su segundo disco, Cuentos del Miedo.  La experiencia no fue buena, Gerardo comandaba ya otra banda dirigida por el tecladista Marcos García que sonaba bien pero el disco no tuvo la difusión requerida.  Igual que el primero, tiene rolas memorables pero pronto se volvió inconseguible por el poco interés de la disquera por distribuirlo y reeditarlo.  Después vinieron sus buenas colaboraciones  con el poeta-histrión  Ricardo Castillo.  Con él armó espectáculos de canto y poesía que tuvieron cierta repercusión en Guadalajara y  que quedaron parcialmente registrados en un disco producido por la Universidad de Guadalajara: Es la calle  honda… de nuevo hubo mala suerte con la distribución y la difusión y sólo unos pocos lo escuchamos y disfrutamos. 

Gerardo también ha sido un personaje intermitente en la escena tapatía.  En algún momento se marchó a la ciudad de México con la esperanza de que su trabajo tuviera mayores repercusiones por allá, lo cual ocurrió parcialmente.  También viajó a Europa y permaneció una breve temporada tocando donde podía.
A su regreso siguió, sólo o con músicos ocasionales, mientras cocinaba su siguiente disco: Tarará, ahora con la complicidad del sello tapatío Fugazi.  La producción fue ambiciosa y contó con la participación de músicos destacados como el guitarrista fundador de los Caifanes Alejandro Marcovich, el baterista Fernando Toussaint,  el Charro Páez, la cantante Ely Guerra y varios músicos más.  El disco suena bien, tanto que la revista La Mosca lo calificó como el mejor álbum mexicano del año 2000 pero, otra vez, la promoción fue escasa y a pesar del entusiasmo del joven sello discográfico, no pasó demasiado con él.
Nueve años tuvieron que pasar para fraguar un nuevo proyecto que llegó gracias, de nuevo, a la producción de la Universidad de Guadalajara.  Otra vez un proyecto ambicioso con músicos de aquí y de allá, canciones cocinadas a lo largo de muchos años y la ambición, no de alcanzar éxito y fama, espejismos fugaces, sino de llegar a más gente, de convocar complicidades y de decir cosas que Enciso juzga dignas de compartirse con otros.

Como una forma de mirar en retrospectiva su trabajo, la compañía Discos Imposibles editó en 2008 un disco con viejas grabaciones nunca antes publicadas, que van de 1984 a 1997.    Ahí está registrada aquella sesión de Eros, la primera incursión del flaco Enciso en un estudio de grabación.  También hay demos realizados por las diferentes agrupaciones que lo han acompañado en todos estos años y una serie de pequeñas notas escritas por él mismo que nos dan pistas de sus ideas y evolución musical.  Digamos que despejan un poco las incógnitas y revelan levemente los enigmas alrededor de la personalidad musical de Enciso.
Y es que Gerardo sigue siendo un personaje más o menos enigmático, reservado aunque casi siempre dispuesto a compartir unos tragos y una buena conversación en la intimidad con los amigos.  Si se busca información sobre él en la red, apenas aparecerán algunos videos, unas cuantas reseñas de sus discos, la referencia casi constante a aquello de que “…es un artista de culto”, muy escasas entrevistas.  En el escenario también lo distingue su parquedad, pocas palabras entre canción y canción, movimientos muy sutiles y un aire más bien introspectivo, como muchas de sus rolas.  Todo ello le ha ganado esa fama ligada al enigma y que va de la mano con una reputación y respeto que trascienden la Guadalajara donde ha decidido vivir.  Cierta timidez que rompió, para sorpresa de muchos y acaso hasta de sí mismo, al pararse en el escenario a hacer el papel del abuelo en la ópera rock Dr. Frankenstein de José Fors.  Algo que quizás nunca imaginó aquel chavito que cantaba en los cafés de la ciudad.
Muchos proyectos a la vista: un disco con arreglos jazzísticos, nuevas producciones con materiales nuevos, el aún indescifrable aunque divertido proyecto de Los Awilbur con otros músicos de Guadalajara. Óscar Fuentes, Carlos Avilez, Daniel Kitroser y yo mismo.  Con más años, flamante padre de una pequeña y con las ganas y la creatividad intactas, Gerardo sigue escribiendo y busca el modo de seguir, siempre con la esperanza de que, ahora sí,  más gente se acerque a sus rolas y a su personal manera de cantarlas.  O a lo mejor solamente con el anhelo de encontrar “un lugar donde pasarla bien”, como aquel corredor callejero.