Alfredo Sánchez

En mi vida siempre ha estado presente la música aunque también he circulado por otros caminos: la radio, el periodismo, la escritura.  Empecé como todos, como oyente apasionado de los grupos del momento en los lejanos años sesenta, seducido por la ola inglesa, el rock and roll, el blues y demás músicas que llegaban, un poco a cuentagotas, a mi país y a su capital donde nací y pasé mi infancia.
Al entrar a la adolescencia me animé a aprender a tocar la guitarra, tomé algunas clases pero seguí principalmente como autodidacta, sacando por mi cuenta las canciones que me gustaban.  Luego mi familia se mudó a Guadalajara donde pasé muchas horas encerrado en mi habitación, tocando y escuchando a George Harrison, Joe Cocker, Chicago, The Beatles, Cat Stevens, James Taylor, Simon & Garfunkel y también cosas más potentes: Deep Purple, Black Sabbath, Steppenwolf.  Me dejé invadir por el espíritu de Woodstock y suspiraba por convertirme en un hippie y vivir en una comuna autosuficiente.  No pude asistir al Festival de Avándaro aunque estuve cerca de lograrlo y tuve amigos cómplices que me acercaban canciones desconocidas y discos imposibles de conseguir.  Quería ser músico, estrella de rock o algo por el estilo.  También comencé a componer un poco, con timidez, y a tocar con compañeros de la escuela.  Comencé a estudiar más formalmente el piano y a tocar como podía la música que me gustaba.
Entré a la Universidad a estudiar Comunicación a mediados de los setenta, y me deslumbró el rock progresivo.  Escuché hasta el cansancio a grupos como Yes, Genesis, Emerson, Lake & Palmer, King Crimson, Jethro Tull, admirando la complejidad de sus larguísimas composiciones.
Pero en aquellos años universitarios descubrí también la música latinoamericana, la canción cubana, el canto nuevo mexicano y me interesó el contenido social de esas composiciones.  Al mismo tiempo que tocaba covers en fiestas de quince años y graduaciones con una banda de rock, llegué a  tocar  en algún grupo semifolklórico hasta que formé mi propia agrupación en 1980 con mi pareja de entonces, Jaramar, y con Carlos, mi hermano menor.  Escalón fue el nombre de aquel grupo inicial con el que grabé dos discos con mis propias composiciones.  Ahí vislumbré la posibilidad de dedicarme a la música más seriamente luego de la suerte de ganar un concurso nacional de canciones.  Hermano de la Muertese llamó aquella canción ganadora y luego se convirtió en el título del primer disco del grupo.
Giramos por el país, tocamos muchas puertas, nos presentamos donde pudimos hasta que aquello no dio más de sí.
Luego me invitaron a un grupo de música medieval, Ars Antiqua, donde toqué algunos años la guitarra y el laúd renacentista, y eso me abrió los oídos hacia esas sonoridades extrañas de tiempos muy antiguos.  Dos discos -Canciones y Danzas de la Edad Media y el Renacimiento y  Tempus es Iucundum- y muchas presentaciones en el país fue el saldo de esos años.

Luego vino la locura de El Personal, en 1988.  Un grupo inclasificable que hasta el día de hoy es un referente musical en México, por sus letras atrevidas, su estilo desparpajado y la insólita y divertida mezcla de géneros musicales que abordaba.  Con aquel grupo efímero grabé un disco histórico: No Me Hallo, en el que hay temas clásicos como La Tapatía, Niño Déjese Ahi y Nosotros Somos Los Marranos, entre varias más.
Como se ve, ha sido mucho el contraste musical en el que he andado  y ello quizás se deba a mi interés un tanto disperso por varios tipos de música y sonidos.

Ahí no para la cosa:   Luego fui, a partir de 1992 y durante más de 10 años,  director musical, arreglista, productor y compositor de la ya citada Jaramar Soto.  Con ella grabé y produje siete discos: Entre la Pena y el Gozo, Fingir que Duermo, Si Yo Nunca Muriera, Lenguas, A Flor de Tierra, Nadie  Creerá el Incendio y Travesía. En todos ellos hay una mezcla musical de elementos antiguos y modernos, instrumentación acústica y electrónica, composiciones arcaicas y piezas de mi propia autoría.  También con ese proyecto la actividad fue intensa en presentaciones a lo largo del país y hasta en el extranjero: Estados Unidos, Ecuador, Portugal, Berlín fueron sitios de conciertos.

Después fui invitado a algunos proyectos de José Fors, rockero y pintor bien conocido en México.  Primero me convidó a ser tecladista de su grupo Forseps con el que participo hasta la fecha.  He grabado varios discos con la agrupación.   José también confió en mi para hacer la dirección musical de un ambicioso proyecto: la ópera rock Dr. Frankenstein, que retoma al famoso personaje de ficción y relata su historia con música original y una puesta en escena producida especialmente para ello.  En el disco que resultó y en las muchas presentaciones de la obra, toqué el piano, la guitarra y dirigí al grupo en vivo.  Luego siguió otra ópera, Orlok, el Vampiro, inspirada en el personaje del Conde Drácula.  Se hizo un disco con la música de la obra en el cual también toqué los teclados y escribí arreglos para cuarteto de cuerdas de las diferentes canciones que componen el montaje.

 

Casi todo lo que he relatado se refiere a colaboraciones con otros artistas, pero también hay algo qué decir respecto de mi propia obra personal.

Fue hasta el año 2006 cuando me aventuré con mi primer disco solista, Primeros Pasos, que contiene una serie de canciones donde retomo géneros musicales diversos, desde el rock, el blues, la música brasileña, la cumbia, el guaguancó y otras cosas más, con letras intimistas que narran experiencias personales.  Para ese disco conté con la participación de varios músicos amigos que añadieron su talento a la ejecución, entre ellos quien coprodujo conmigo, Daniel Kitroser.

A raíz de las canciones de ese disco, en 2007 se estrenó en Nueva York la obra orquestal Silueta como Sirena, del destacado compositor mexicano Ricardo Zohn.  Se trata de una obra sinfónica escrita por Ricardo y que está inspirada en tres de mis canciones.   Además, tuve la oportunidad de participar  como solista en el estreno al lado de la Riverside Symphony Orchestra dirigida por George Rothman.  Esta obra también se presentó poco después en México con la Orquesta Sinaloa de las Artes bajo la dirección de Rafi Armenian, con dos conciertos, uno en Culiacán y otro en Mazatlán.  Sigo teniendo la ilusión de que se pueda presentar alguna otra vez en mi país, pues considero que es una pieza de enorme calidad.
En 2017 se volvió a presentar dos veces más, ahora en la ciudad norteamericana de Rochester, con la orquesta Cordancia, que tiene su sede en ese ligar

Durante un breve lapso me reuní con algunos amigos compositores y ejecutantes con quienes hicimos otro grupo efímero, Los Awilbur, integrado por Óscar Fuentes, Gerardo Enciso, Carlos Avilez, Daniel Kitroser y yo mismo. Tocábamos canciones de cada uno de nosotros de un modo relajado y fresco, hicimos algunas presentaciones en Guadalajara y nos desintegramos cuando Óscar se mudó a vivir a E.U.
Poco tiempo después, en 2013, apareció mi segunda producción, Soñé que Dormía, de nuevo con una colección de canciones personales y un amplio grupo de colaboradores musicales encabezado por el productor y tecladista Omar Ramírez.  En esta producción se dieron cita algunos de los mejores ejecutantes del rock, el blues y el jazz de Guadalajara y de la ciudad de México, como Erik Kasten, Alex Otaola, Daniel Zlotnik, Lalo Melgar, Frankie Mares, José Fors, Ugo Rodríguez, Sara Valenzuela, Arturo Ybarra, Carlos Avilez y varios más.  También conté con la participación de dos personas muy importantes para mi y que también han seguido el camino de la música: mis hijos Helena y Luciano.

También durante muchos años he sido invitado a componer música para programas de televisión, videos documentales y de ficción, obras de teatro, espectáculos de danza y cortometrajes cinematográficos.

Por último, además de mi trabajo musical soy periodista.  Condujeo durante casi quince años la revista cultural Señales de Humo en Radio Universidad de Guadalajara, donde sigo trabajando como productor.  También escribo sobre diversos temas culturales y musicales en diversas publicaciones locales y nacionales.

No, Alfredo Sánchez no posee una voz que rinda de inmediato; pero su canto suena con convicción, se entrega sin restricciones y, apoyado por sus amigos, ha hecho un disco muy cálido, una obra que hay que ir desmenuzando, dejándola entrar poco a poco por los poros de la piel y que, al final, se adueñará de nosotros para convertirse en compañera fiel de por vida.

david Cortes, Nexos 28 de Mayo 2013